La oficina del comisario jefe era un espacio gris y funcional, sin lujos ni ornamentos, como todo lo que rodeaba la vieja sede de la jefatura de policía de Reggio Calabria. El reloj de pared marcaba las 08:02 a. m. El café recién hecho aún humeaba en el escritorio.
Versano llegó puntual. Con la chaqueta del uniforme perfectamente abotonada y el sobre de cartón entre las manos. Lo había repasado una docena de veces la noche anterior. Aun así, lo apretaba como si se lo pudieran arrebatar en cualq