Los días siguieron su curso con la crueldad indiferente de quien nunca ha sentido dolor. El sol salía y se ocultaba con precisión matemática, sin detenerse, sin mirar atrás. Afuera, la vida continuaba como si nada. Las hojas caían, el viento silbaba entre los cipreses, los pájaros anidaban en los aleros. Pero dentro de Svetlana, el tiempo era un pozo estancado.
Todo se sentía lejano. Irreal. Como si el mundo hubiese sido cubierto por una sábana densa, gris, imposible de arrancar.
Svetlana no sa