Dante caminaba tras su madre con el ceño fruncido y la mandíbula apretada. Sus pasos eran firmes, pero no silenciosos; el eco de sus zapatos sobre los peldaños de piedra era un recordatorio constante de su creciente impaciencia.
—¿A dónde vamos, madre? —preguntó, más de una vez.
Mirella no respondió. Su porte altivo, su andar seguro, eran los de una mujer que sabía exactamente lo que hacía. No volteó ni una sola vez, como si el camino hablara por sí solo, como si lo que estaba a punto de ocurri