El ambiente en la oficina de Nicolás Cancino era denso, cargado de reproches contenidos.
Alexander caminaba de un lado a otro, con los puños apretados. Betty, visiblemente alterada, lo observaba con los ojos brillando de furia. Jorge, el más prudente, trataba de mantener la calma, pero el gesto tenso en su rostro lo traicionaba.
—¿Cómo pudiste hacerlo, papá? —soltó Alexander, rompiendo el silencio—. ¿Casarte sin decirnos nada? ¿Y con una mujer joven que nadie conoce?
—¿Qué esperabas? —añadió