Lía cerró los ojos con fuerza.
El secreto la quemaba por dentro, como una verdad imposible de contener.
—¿Tiene derecho a saberlo? —susurró para sí misma.
El eco de su propia voz le respondió con un silencio que dolía más que cualquier palabra.
Sí.
Jorge tenía derecho a saberlo.
Una lágrima rodó por su mejilla.
El amor, la culpa y el miedo se mezclaban en su pecho, sofocándola.
Se llevó ambas manos al corazón, como si quisiera detener el dolor que la desgarraba.
—Perdóname, Jorge… —murmuró con