Ceida la observó largo rato, con lágrimas silenciosas resbalando por su rostro. No sabía si sentir vergüenza o admiración, rabia o compasión. Solo sabía una cosa: por primera vez entendía hasta dónde llegaba el amor de su hija.
Ceida la observaba con el rostro desencajado, sintiendo que algo más se escondía detrás de las lágrimas y las medias verdades de su hija.
—No me mientas, Lía —dijo al fin, con la voz firme, casi suplicante—. Siento que todavía no me has dicho todo. ¿Qué más ocultas?
Lía