Él ya había aprendido que ella podía sorprenderlo con mucha facilidad, ya sea con lo que hiciera o dijera. Y esta vez no era la excepción.
Ariadna acarició su mentón, el hoyuelo en su barbilla se apreciaba mejor sin su barba, sintió el impulso de morderlo para demostrar su punto, pero se contuvo.
—¿No dirás nada? Fue difícil para mí aceptarlo.
—Me has sorprendido, otra vez. Debiste avisarme qué harías esto.
—Entonces ya estamos a mano. —Dijo recordándole como la había sorprendido él en la fiest