Maldigo una y otra vez mientras salgo de la habitación con estrellas doradas y entro a mi habitación para darme una ducha.
Mientras el agua cae en mi cuerpo no dejo de pensar en las traviesas manos de mi amante. La forma en que ella juega conmigo me ha vuelto loco una vez más.
Supe desde el momento en que la vi entrando a mi oficina, que volvería a caer por ella sin poder evitarlo.
—Hijo, dios te bendiga, ¿cómo te sientes? —me saluda mamá en la cocina, ofreciéndome una taza de café, la cual