Daniela miró de reojo cómo Víctor abotonó su camisa, y recogió su chaqueta. Ella aún temblaba, pero levantó la barbilla porque siempre quería parecer segura.
—No quisiera volver, pero tengo asuntos —Daniela asintió sin ninguna queja, y luego sintió cómo los dedos del hombre se esparcieron por todo su brazo.
—Quizás por la noche vaya a la casa de Titus…
—¿Titus? —ambos caminaron de forma lenta saliendo de aquel establo—. ¿Lo llamas así?
—Sí —Víctor miró hacia delante.
—¿No vives allí?
—Es mi cas