Derien:
"¡Tan tuya como Mía, Pulgoso! "
Salgo a grandes zancadas del despacho con el pecho enardecido y a punto de perder el control en contra de mi lobo, y eso sería desastroso.
Las palabras del malnacido que pretende meterle mano a mi hembra me retumban en la cabeza.
Al salir la veo a ella, con su carita pecosa atestada de preocupación y enseguida la tengo a mi lado con los ojos nublados por las lágrimas.
La preocupación que se esmera por reprimir sale a raudales por todo su cuerpo, el