La habitación permanecía en un profundo silencio. Solo se escuchaba el suave tic-tac del reloj de pared y la respiración tranquila de Alexa, que por fin había conseguido quedarse dormida.
Devan seguía sentado al borde de la cama, sin apartar la vista del pálido rostro de su esposa. Los delicados dedos de Alexa aún rodeaban con suavidad su muñeca, como si temiera que, en cuanto la soltara, él desapareciera.
Devan dejó escapar un leve suspiro. Con la mano libre, apartó con delicadeza un mechón de