Abigail ya no pudo sostener el peso de su propio cuerpo. Sus rodillas cedieron y golpearon con fuerza el suelo de mármol del despacho del presidente.
La arrogancia que antes dominaba su rostro había sido reemplazada por una desesperación evidente.
—Señor Archie, le ruego que me perdone por mi error —suplicó con la voz temblorosa, mirándolo con ojos implorantes—. Le juro que nunca tuve la intención de perjudicar a la empresa. Reconozco que fui demasiado estricta al imponer el castigo, pero mi in