Eleanor se detuvo a pocos metros de Abigail.
Tragó saliva e intentó mantener la calma, aunque la mirada de su gerente resultaba especialmente intimidante aquella mañana.
—Buenos días, señora Abigail —la saludó con la voz lo más serena posible, procurando mantener la formalidad profesional.
Abigail no respondió al saludo.
Bajó los brazos, que hasta entonces tenía cruzados sobre el pecho, y dio un paso al frente.
—Muy bien. Hoy no has llegado ni un minuto tarde, Eleanor. Espero que no vuelvas a c