Luna vio que Leandro no decía nada, ni mostraba intenciones de proteger a su hija. Se le llenaron los ojos de lágrimas y sintió desilusión.
Con Sía en sus brazos, quería bajar las escaleras, sin importarle ser expulsada, ya que nada más importaba. Solo quería llevarse a Sía. ¡Ahora! ¡Inmediatamente! ¡Al instante!
Pero Leandro extendió su brazo para detener a Luna y, con fuerza, la tiró hacia atrás.
—Margarita, lleva a Sía al ático y no le permitas salir hoy. Cancela la equitación; nadie la acomp