Las asistentes estaban tan sorprendidas que no podían cerrar la boca. Leandro miraba a Luna sin parpadear, incapaz de desviar la mirada.
Era simplemente hermosa, su belleza era deslumbrante, como una joya preciosa. En sus ojos había una pureza sutil, era hermosa sin ser vulgar, seductora sin ser ordinaria, con un encanto incomparable.
Su cuello era elegante como el de un cisne, con brazos delicados y largos. La curva de su pecho era voluptuosa y sugerente, su cintura fina, que podía ser abarcada