—¿Es usted la señorita Leona?
En tierra extranjera, al escuchar de repente una voz familiar, Leona detuvo lentamente su llanto, levantando su rostro empapado en lágrimas.
El hombre frente a ella, elegantemente vestido con un exclusivo traje, le resultaba completamente desconocido.
—¿Cómo me conoce usted?
Leona, sin dignidad alguna, se arrodilló ante él, con las manos juntas, suplicando entre grandes sollozos:
—¿Usted... usted es la persona que mi padre envió a ayudarme, verdad? ¡Por favor, lléve