Cuando Leona vio a Alejandro, su corazón comenzó a latir con fuerza, como si fuera un ratón asustado frente a un feroz gato. Instintivamente, quería esconderse en un oscuro y maloliente alcantarillado y no asomar para nada la cabeza.
El frío y distante Enrique pasó con agilidad su mirada por el rostro severo de Alejandro y se levantó apresuradamente. —Papá, ¿por qué no me avisaste de tu llegada? Podría haberte recibido.
—No estoy visitando a extraños, estoy en mi propia casa. ¿Es necesario que e