Capítulo 3
Sonreí. La expresión de Camila se relajó, como si creyera que por fin había logrado convencerme.

—Cuando te cases con Mateo, serán una familia. Da lo mismo quién pague la hipoteca.

Mateo también sonrió.

—Exacto. Seremos una familia. No deberías obsesionarte con el dinero. Y olvídate de Adrián. Estabas harta de que te controlara y ahora está muerto. Deberías alegrarte: ya no hay nadie que pueda impedir que estemos juntos.

[Vas a terminar manteniendo a otro hombre. Tu difunto esposo debe estar a punto de estallar de rabia.]

[Deja de jugar con fuego y échalos de una vez.]

—¿Ya terminaron?

Mateo vaciló y luego asintió. Le di una bofetada. Camila soltó un grito y, antes de que pudiera decir nada, también la abofeteé a ella.

—Es cierto que estuvieron a mi lado y me ayudaron a salir adelante tras la muerte de Adrián, pero no tenían ningún derecho a insultarlo. Yo siempre lo amé. ¡Jamás estuve harta de él! Y tú, Camila, no has dejado de inventar mentiras. Cualquiera diría que Adrián está aquí y que las dices a propósito para que me odie.

Camila titubeó; tenía la frente cubierta de sudor.

—Adrián está muerto. ¿Cómo podría estar aquí? Además, tú sí dijiste todo eso. Solo… solo lo olvidaste…

No quise seguir discutiendo. Cuanto más dijera, mayor era el riesgo de que usaran mis propias palabras en mi contra y, si Adrián realmente estaba a mi lado, sus mentiras solo seguirían hiriéndolo. Me di la vuelta para marcharme.

Detrás de mí, Mateo gritó, furioso:

—¡Sofía! Ya avisé a las dos familias y envié las invitaciones. La boda será dentro de tres días. Vuelve a casa y cálmate. Tu madre no está bien de salud; no le causes más preocupaciones.

Regresé a la residencia donde Adrián y yo habíamos pasado nuestra noche de bodas. Todo el personal se encontraba en la planta baja y yo estaba sola arriba. Acostada en la cama, sentía un frío inexplicable en toda la habitación.

[Tu difunto esposo no te quita los ojos de encima.]

El comentario me puso todavía más nerviosa. Busqué una foto de Adrián, la abracé contra el pecho y declaré, aterrada:

—Amor, te juro que solo te he amado a ti y que te amaré hasta la muerte.

En algún momento, me quedé dormida. Soñé con Adrián. Sus ojos, negros como la noche, no se apartaban de mí; sus dedos helados sujetaban mi barbilla mientras repetía una y otra vez:

—Me mentiste.

Intenté explicarme con los labios temblorosos, pero de pronto me rodeó el cuello con ambas manos y apretó con todas sus fuerzas.

—¡Ah!

Desperté aterrada y empapada en sudor. Corrí al espejo. No había ninguna marca en mi cuello, pero la sensación de asfixia que había experimentado en el sueño seguía pareciéndome real.

Yo no había aceptado el anillo de Mateo. Adrián no me estrangularía.

Me lavé la cara con agua fría e intenté tranquilizarme.

Mateo no solo había enviado invitaciones a nuestras familias y a sus conocidos de la universidad, sino que también había anunciado la boda a muchos de mis seguidores, que conocían mi historia con Adrián.

Mi esposo llevaba muerto apenas tres meses y ya se decía que yo tenía un nuevo amor. En las redes, todos estaban convencidos de que Adrián había caído en la trampa de una cazafortunas. Llenaron mi cuenta de insultos y me llamaron viuda negra y parásita.

Temblando de rabia, publiqué un video aclarando que no volvería a casarme en toda mi vida, pero nadie me creyó.

Al día siguiente, fui a casa de mi madre con la esperanza de poder dormir más tranquila. Ella preparó una mesa llena de mis platos favoritos. Cuando levanté el tenedor para probar la comida, los comentarios reaparecieron.

[Tu madre está furiosa porque, a pesar de ser rica, te negaste a pagar los gastos de la boda de tu hermano menor. Te vendió. Puso un sedante en la comida y, en cuanto pierdas las fuerzas, te llevará a casarte con Mateo.]

[Él le pagó cien mil dólares para conseguirte. Esta vez te casarás aunque no quieras. El odio terminará consumiendo por completo a tu difunto esposo.]

[Además, Camila está embarazada de Mateo, aunque él todavía no lo sabe. Tras tu muerte, ella planea ocupar tu lugar haciéndole creer a Adrián que él es el padre del bebé.]

Mi mano se quedó suspendida en el aire.

Me había negado a darle ese dinero a mi hermano porque su novia era una estafadora y no quería que engañara a toda la familia. Además, durante todos aquellos años, Adrián les había dado mucho dinero.

—Yo puedo ocuparme de tu familia por ti —solía decirme—. No tienes que preocuparte por nada.

Y aun así, mi madre me había vendido por cien mil dólares.

—Mamá, no voy a casarme con Mateo.

Su expresión cambió al instante. Se llevó una mano al pecho, tan furiosa que parecía no poder respirar. Mi corazón se encogió y estuve a punto de acercarme, pero entonces la oí decir:

—Si no te casas con él, ¿con quién vas a casarte? En internet todos dicen que eres una maldición para cualquier hombre que se case contigo. Si rechazas a Mateo, nadie más te querrá. Además, ya reservamos el salón y enviamos las invitaciones. Si cancelas ahora, todos se burlarán de nosotros y dirán que ni siquiera fuiste capaz de conseguir marido. En lo que respecta a tu matrimonio, yo tengo la última palabra. ¡Si te digo que te casas, te casas!

Apreté el tenedor con fuerza, sin poder creer lo que acababa de descubrir.

—Me voy.

Apenas me puse de pie, todo se oscureció y caí al suelo.

—Menos mal que también puse un poco en el incienso —dijo mi madre con una sonrisa satisfecha.

Me encerró en el ático durante dos días completos. Lo extraño fue que, durante todo ese tiempo, no volví a ver los comentarios flotando en el aire.

Al cabo de esos dos días, mi madre me llevó por la fuerza al salón donde se celebraría la boda.

El lugar estaba abarrotado. Entre la multitud distinguí de inmediato una silueta que jamás podría olvidar.

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