Capítulo 4
¡Adrián había resucitado de verdad!

Entonces comprendí que, al menos, aquella advertencia era cierta.

Al recordar cómo Camila y Mateo habían conspirado contra mí durante esos tres meses y me habían visto caer como una tonta en todas sus trampas, sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas. Sin pensarlo, avancé hacia Adrián.

—¡Sofi!

Mateo me agarró de la mano y entrelazó sus dedos con los míos por la fuerza. A ojos de los invitados, parecíamos una pareja enamorada.

—Sabía que vendrías. Todavía me amas.

Yo solo miraba a Adrián. Me castañeteaban los dientes y no tenía fuerzas para zafarme.

—¿Te volviste loco? Yo nunca acepté…

Él me apretó el hombro hasta hacerme sentir que iba a romperme los huesos, aunque seguía sonriendo. Ante los demás, parecía un novio cariñoso que le susurraba algo íntimo a su prometida.

—Ya basta. Compórtate. Estamos a punto de casarnos.

Me arrastró hacia el escenario. Giré la cabeza para pedirle ayuda a Adrián. Tenía que hacerle entender que me estaban obligando a casarme.

Yo no quería morir.

—Adrián…

Apenas volví la cabeza, Camila se interpuso y me bloqueó la vista.

—¿Perdiste la razón? Adrián está muerto. Ahora vas a casarte con Mateo.

Entre los dos me llevaron al escenario. Adrián permaneció en medio de la multitud, observándome en silencio. No mostraba ninguna emoción, pero yo sentía un frío que me atravesaba hasta los huesos.

No me creía. Claro que no. Mateo y Camila representaban su papel tan bien que era imposible esperar que él confiara en mí.

Pero yo no quería morir.

Reuní todas mis fuerzas, me mordí el labio hasta sentir el sabor de la sangre y empujé a ambos.

—¡No me voy a casar!

—¡Sofi! —me reprendió Camila, elevando la voz—. Deja de hacer una escena. Estás embarazada de cuatro meses y Mateo es el padre. ¿Quieres que tu hijo nazca sin él?

Sentí que el mundo se oscurecía y que un zumbido ensordecedor me llenaba la cabeza. La miré sin poder creerlo.

—¿Qué tonterías estás diciendo? ¡Yo no estoy embarazada!

La madre de Camila suspiró.

—Sofi, ¿cómo puedes mentir así? Ayer mismo te acompañé a hacerte una ecografía. Todavía tengo el informe.

La imagen de la ecografía apareció en la pantalla gigante. Antes de que pudiera hablar, el salón entero estalló en gritos.

—Adrián murió hace apenas tres meses, pero ella lleva cuatro meses embarazada de Mateo. ¡Entonces ya se acostaban cuando su esposo aún vivía!

—Qué desvergonzada. ¿Cómo se atreve a quedarse con toda la herencia de Adrián?

—¡Si Adrián se enterara, resucitaría de la rabia y la haría pedazos!

Los insultos y las acusaciones no cesaban. Grité que era mentira y, desesperada, hasta me golpeé el vientre, como si eso pudiera demostrar que no estaba embarazada. Nadie quería escucharme.

—Amor, te lo suplico. Me equivoqué al hacerte enojar, pero no lastimes a nuestro bebé.

Mateo se arrodilló frente a mí con los ojos enrojecidos, interpretando su papel a la perfección. Al verme cabizbaja y en silencio, mi madre se abalanzó sobre mí y me dio una bofetada.

—¿Cuándo vas a parar? Ya estás embarazada. ¿Hasta cuándo vas a seguir con este escándalo? ¿Todavía no nos has humillado bastante? ¡Con lo indecente que eres, deberías agradecer que Mateo todavía te quiera!

La mejilla me ardía. En ese instante comprendí que nada de lo que dijera serviría.

Camila solo quería que Adrián me viera como una mujer promiscua, me matara y luego la convirtiera a ella en su nueva esposa. Mateo amaba a Camila, así que obedecería todas sus órdenes. Mi propia madre, resentida porque no le di dinero a mi hermano, me había vendido sin vacilar por cien mil dólares. Y Adrián creía haber visto con sus propios ojos la traición de su esposa.

Todos estaban en mi contra. Nadie iba a creerme. A nadie le importaba lo que me ocurriera.

En medio del alboroto, Adrián, con el rostro cubierto por una mascarilla, caminó hasta detenerse ante mí. Recordé los comentarios, el sueño y aquella asfixia aterradora. Empecé a temblar sin control.

—Adrián, no es lo que parece. Yo pensaba que estabas muerto, pero Mateo y yo nunca…

Las venas se le marcaron en las manos; tenía los ojos enrojecidos por la rabia. Levantó una mano, rozó mi mejilla y susurró:

—Felicidades.

Luego me rodeó el cuello con los dedos y apretó con brutalidad, clavándome una mirada siniestra. La conocida sensación de asfixia volvió a invadirme. Me aferré a su muñeca y, con las pocas fuerzas que me quedaban, logré pronunciar una frase.

La expresión de todos cambió al instante.

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