Capítulo 2
—¿Te malinterpreté?

Mateo se quedó atónito. Al cabo de un momento me tomó de la mano, como si hablara con una niña caprichosa.

—Sofi, deja de hacer berrinche. Sé que estás enojada por lo del anillo. ¡Vamos ahora mismo a elegir otro!

Camila también sonrió y me tomó de la otra mano.

—Sí, solo se equivocó por los nervios. Cásense de una vez y así podré quedarme tranquila.

[Claro que se quedará tranquila. En cuanto te pongan el anillo, tu difunto esposo te estrangulará.]

[Qué mujer tan cruel. Tú nunca le hiciste nada malo.]

Después de diez años de amistad, de pronto sentí que la mujer frente a mí era una completa desconocida.

—¿Por qué estás tan empeñada en que me case con él?

Camila parpadeó, desconcertada.

—¿Qué te pasa hoy? Siempre dijiste que te encantaba Mateo. También dijiste que era más joven que Adrián, que estabas harta de tener a un viejo a tu lado y que tú y Mateo…

Adrián solo me llevaba dos años, aunque su carácter serio hacía que pareciera mucho mayor. Además, le encantaba comprarme ropa juvenil de colores claros, así que la gente creía que nos llevábamos muchos más años. Una vez, uno de mis pretendientes quiso provocarlo llamándolo viejo. Adrián se enfureció tanto que terminó en el hospital.

—Soy mayor que tú. Si algún día muero antes, no habrá nadie que te cuide —me había dicho.

El tema de la edad siempre había sido delicado para él. Yo jamás había dicho que me avergonzara de su edad. ¡Camila estaba inventando cosas sobre mí!

Sin decir una palabra, le di una bofetada. Un segundo después, Mateo me empujó al suelo.

—¿Qué te pasa? Camila es muy delicada. ¿Cómo pudiste golpearla?

La estrechó entre sus brazos con una preocupación desbordante, mientras ni siquiera miraba hacia donde yo había caído. No era tonta; entendía perfectamente quién le importaba más.

—Yo me equivoqué con el anillo. Si estás enojada, desquítate conmigo, pero no la culpes a ella.

Su reacción lo había delatado. Nunca me había amado tanto como decía.

No respondí. Me había raspado la rodilla y ya comenzaba a hincharse. Cuando él por fin lo notó, vaciló antes de acercarse a ayudarme, con la culpa escrita en el rostro.

—Perdóname, Sofi. Te llevaré al hospital ahora mismo.

Esquivé la mano que me tendía.

—Camila está muy pálida. Llévala a ella primero.

Mateo pareció dispuesto a objetar, pero vaciló un instante y luego asintió.

—Está bien. Primero llevaré a Camila y luego volveré por ti. Después iremos juntos a elegir el anillo.

Se marchó a toda prisa con ella en brazos. Cuando fui al hospital para que me curaran la rodilla, volví a encontrarlos. Mateo estaba inclinado frente a Camila, masajeándole las sienes con las yemas de los dedos y con la misma ternura que antes reservaba para mí.

Tras la muerte de Adrián, me había hundido en una profunda depresión. Una viuda joven, dueña de una fortuna de más de mil millones de dólares y sin nadie de confianza que la protegiera, era un blanco fácil.

Los parientes lejanos de Adrián me insultaban y conspiraban para quedarse con el dinero. Entre sus intrigas y el dolor de haber perdido a Adrián, hubo una época en la que ni siquiera me atrevía a salir de casa.

Fue entonces cuando Camila me presentó a Mateo. Él no se separó de mí y me ayudó a salir de la oscuridad. Yo amaba a Adrián, pero estaba muerto y no podía hacer otra cosa que guardar ese amor en lo más profundo del corazón. Creí que Mateo, al menos, era sincero conmigo.

—¡Sofi!

Al verme, a Mateo se le iluminaron los ojos y se apresuró a acercarse.

—No te preocupes, Camila está bien. Solo se asustó. Vamos a elegir el anillo. Ella tiene muy buen gusto y seguro te ayudará a encontrar el mejor.

—No voy a casarme contigo.

Su expresión se endureció.

—Solo cometí un pequeño error. ¿Por qué te niegas a perdonarme? Para poder casarme contigo, vendí la casa que tenía en mi ciudad natal y compré otra para los dos.

Me tendió los documentos de compra de la casa.

—Me esforzaré por ser un buen esposo y haré que olvides todo el dolor del pasado.

[Sí, y después del matrimonio tendrás que pagar la hipoteca, mientras él no trabajará ni un solo día.]

[Pero, por supuesto, necesitará un auto deportivo último modelo. Cuando mueras, ni siquiera se molestará en reclamar tu cuerpo.]

No pude contener la risa.

—¿La pagaste al contado?

Mateo se puso a la defensiva de inmediato.

—Está financiada, pero yo pagaré la hipoteca. Confía en mí.

Camila suspiró de repente.

—Sé que lo único que te importa es el dinero. Tú misma me dijiste que, si Adrián no hubiera sido tan rico, jamás te habrías casado con un hombre tan controlador. También dijiste que él era distinto de Mateo: que amabas a Mateo, pero que nunca amaste a Adrián.

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