Guillermo soltó un comentario sarcástico al pasar, sin darle mayor importancia. Estaba abrumado por el trabajo; al salir de casa, dejó atrás cualquier asunto familiar o personal, y mucho menos iba a ponerse a reflexionar sobre sus palabras o a considerar los sentimientos de aquella señorita consentida.
Eran las dos de la tarde y el distrito financiero de la capital era un hervidero de carros. El viento arrastraba ráfagas de aire caliente bajo un sol implacable que brillaba en lo alto del cielo.