Miranda sonrió.
—Nos conocemos. Sírvale, no hay problema.
El sobrecargo se quedó momentáneamente desconcertado, sintiendo cómo se le aceleraba el pulso.
“¡Qué mujer tan increíblemente guapa!”, pensó. “Su sonrisa era la definición misma de la hermosura, de ojos que cautivan y dientes como perlas, de una belleza radiante y arrebatadora”.
Tras retirarse intentando mantener la compostura, el sobrecargo no tardó en preguntar a sus colegas en la zona de servicio si aquella hermosa mujer de primera cl