Mi portátil descansaba sobre la cama. La videollamada estaba abierta con la cara de las chicas detrás de la pantalla. Estábamos conversando —más bien, debatiendo a muerte— sobre cuál tono de blanco debía ir en la pared principal de la galería. Yo les había mandado cinco fotos al grupo, enumeradas, esperando que alguna alcanzara consenso.
—Es el mismo blanco, Vera —soltó Lina covencida, ampliando la imagen en su pantalla. Josef estaba a su lado, serio, revisando también.
—No es el mismo —refuté,