—¿A dónde crees que vas? —preguntó Sigurd en cuanto vio a Morgan bajar las escaleras.
Llevaba un encantador vestido floral informal y botas amarillas de trabajo que le daban una apariencia campesina. Su belleza era adornada por inocencia y sencillez. Aun así, Sigurd no se confiaba y sabía que debajo de esa apariencia había una arpía de dientes afilados.
—Saldré, regreso en un par de horas. Dudo mucho soportar más tiempo —dijo Morgan.
—¿Mi hijo sabe?
—No, pues estaba muy ocupado en el trab