Epílogo: Sembrando amor después de la desgracia.
—¿Viniste a ver como tus hombres me destrozan como perros rabiosos? —preguntó Jade, atada de pies y manos, en esa bodega abandonada.
—Morgan tiene razón, no mereces portar ese rostro —dijo Ivar, pensando con tristeza en Esme, mientras caminaba por el lugar apoyado en su bastón. Sacó el anillo de compromiso que había mandado a hacer y lo vio con ternura—. ¿Crees que le guste? Por tu culpa no pude entregárselo ese día.
—Eres un hombre obsesivo, manipulador, cruel, egoísta… ¡Tú mataste a Esme! —gr