Era una tarde de agosto, cálida y cargada del aroma del jazmín nocturno en flor. El cielo se teñía de ámbar y lila, mientras los últimos rayos de sol se aferraban obstinadamente a las nubes. El aire se sentía denso, como si aún no hubiera logrado refrescarse del calor del día.
Empujé la verja de hierro, y ahí estaba él, parado bajo la luz de la calle como un recuerdo que no había logrado sacudirme.
Diego.
Seguía teniendo ese mismo rostro hermoso, con ese aire refinado, como si perteneciera a un