Un Maybach negro se detuvo frente a mí. Parpadeé, confundida, y me hice a un lado instintivamente.
La puerta del auto se abrió y salió un hombre de unos cuarenta años, llevaba traje elegante y una sonrisa tranquila.
—¿Señorita Raquel? —preguntó, cortés, pero seguro.
Asentí con cautela. —¿Sí?
—Me envió el Alfa Ricardo, me pidió que la llevara a casa.
¿Ricardo?
No pude evitar que mis labios se curvaran hacia arriba, solo un poco. Tal vez... tal vez ese vínculo no sería tan mala idea después de tod