No tenía ninguna mala intención al hacerlo, pero entonces la camisa se subió cuando me moví y no estaba vistiendo nada por debajo de ella, así que sentí la mano de Ares tocando directamente en el costado de mi muslo, casi en mi trasero cuando se expuso.
—Son las ocho de la mañana y ya me estás haciendo esto… —Me regañó en un tono inconfundiblemente juguetón cuando me apretó el trasero, y me reí porque terminó haciéndome cosquillas un poco.
—No fue por maldad. —Me defendí, gimoteando, cuando me