Korina se quedó quieta dentro de la tina, con la piel erizada y la mente enredada entre la sorpresa, la confusión y un torbellino de emociones que no sabía cómo ordenar.
Don Darío, mientras se acomodaba la ropa, la miró de reojo, como si aquel beso no hubiera sido un impulso, sino una decisión calculada de la que no pensaba dar explicaciones. Y sin más, salió de la habitación, dejándola sola con el eco de aquel momento que parecía imposible de ignorar.
Korina no podía creer que se besaron y al