Al alistarse para la reunión, arreglaron a Korina con un vestido largo, de tela ceñida y elegante color vino, que resaltaba cada curva de su figura. Su cabello fue peinado hacia un lado, cayendo en ondas suaves sobre su hombro, y un maquillaje de noche realzó el brillo de sus ojos verdes. Ella se miraba en el espejo con una mezcla de sorpresa y nerviosismo: No estaba acostumbrada a verse así, como parte de un mundo que siempre había sentido ajeno.
A los minutos llegó Don Darío. Se detuvo en la puerta, la observó de pies a cabeza y dibujó una sonrisa que encendió a Korina por dentro. Tomando su mano, la entrelazó con firmeza, como si quisiera dejar claro que ella era suya, y la guió hacia el restaurante a la carta que había solicitado para la reunión.
Al entrar, el ambiente era de lujo discreto: Lámparas de cristal, mesas vestidas de blanco y copas de vino que brillaban bajo la tenue luz. Ya estaban allí Don Miguel, Fernando, Yariel y otros hombres que Korina no conocía. Con ellos, var