Sentados los tres, Darío fue sacando el desayuno de la canasta. Croissants, frutas, jugo fresco. La escena parecía sacada de un sueño — Esto es muy lindo — Dijo Korina, algo tímida.
— Ja, ja… romántico, mi amor —
— No te burles —
— Jamás de ti —
Cuando terminaron, él le colocó con cuidado un sombrero blanco adornado con una cinta roja que combinaba con su ropa — Vamos a caminar. Quiero mostrarles este lugar, les gustará —
Korina aceptó, tomándolo de su brazo. Lían corría delante, descubriendo cada rincón.
— ¿Te gusta, mi amor? — Preguntó él.
— Sí, es muy lindo aquí —
— Lo es. Siempre vengo cuando necesito escapar del estrés. Hoy quise compartirlo contigo. Este espacio será tuyo también —
Ella no respondió. Se limitó a observar a Lían, que insistía en que mirara cada cosa que encontraba. Darío, al notar su silencio, se detuvo. La atrajo a sus brazos, mirándola con esos ojos verdes cargados de una vulnerabilidad poco común en él.
— Te amo… confía en mí y ven conmigo —
— ¿A dón