Horas más tarde, la fogata que Leia le preparó a su hijo para azar los malvaviscos que había comprado, estaba agotándose en medio del jardín trasero, Kristel y la cobriza seguían sentadas en los pequeños cojines a un costado de ésta.
Kristel todavía jugaba a tostar uno de sus bombones mientras se aclaraba la garganta para abordar un tema más serio.
Arriba, en la habitación, Edrick ya dormía acompañando a su abuela.
—Y entonces, ¿piensas decirme ya? – cuestiono la castaña.
Los ojos entre azulino