El aire en el pasillo hacía que el vello de mis brazos se erizara.
Cada paso que daba sobre la alfombra de felpa oscura parecía absorber el sonido, dejándome a solas escuchando mi propio corazón.
Nueve y cincuenta y ocho de la noche.
Estaba entrando en el nido de Dante Moretti, y por primera vez desde que inicié este plan, sentí que mi entrenamiento como tiradora y mis años de derecho no eran más que juguetes de papel frente a esto..
Lucas me esperaba frente a la puerta de madera de roble