Massimo había pasado la última noche en el hospital en una especie de duermevela inquieta. Se despertaba a ratos, hacía preguntas pequeñas —qué día era, qué había pasado con ciertos proyectos, si Alba había dormido—, y luego caía otra vez en silencios largos. Los médicos le habían explicado que era normal, que su cerebro iba “armando islas de memoria” a las que necesitaba aferrarse. Alba escuchaba esas palabras y asentía, aunque por dentro se le desgarraba el alma.
Cuando al fin le dieron el al