Massimo había pasado la última noche en el hospital en una especie de duermevela inquieta. Se despertaba a ratos, hacía preguntas pequeñas —qué día era, qué había pasado con ciertos proyectos, si Alba había dormido—, y luego caía otra vez en silencios largos. Los médicos le habían explicado que era normal, que su cerebro iba “armando islas de memoria” a las que necesitaba aferrarse. Alba escuchaba esas palabras y asentía, aunque por dentro se le desgarraba el alma.
Cuando al fin le dieron el alta, Massimo parecía emocionado como un niño al que le prometen vacaciones. Había estado feliz de respirar algún aroma más allá del antiséptico o ese olor a medicamento que solo había en los hospitales y que se impregnaba en la piel.
—¿De verdad? ¿Ya puedo irme? —preguntó con los ojos brillantes cuando el doctor apareció esa mañana con los documentos.
Alba sonrió mientras los firmaba. Massimo la observó apasionado ante aquella vista y cuando la mujer le respondió colocando una bolsa de ropa junto