Lía no paraba de reír, sola en aquella cama sonaba incluso más aterrador, era una risa hueca, rota, sin música, que hacía eco en las paredes del hospital psiquiátrico. La habitación blanca la sofocaba. Las correas que la habían contenido más temprano aún le ardían en la piel. El olor a desinfectante le daba náuseas. Y la voz de los médicos repitiendo palabras como brote psicótico, internación, contención era como un martillo golpeándole el cráneo.
Pero Lía no estaba vencida, ella tenía un plan