Massimo salió de la casa con una furia que le quemaba las venas. Apenas subió al coche, la rabia empezó a mezclarse con un sabor amargo de impotencia.
Ella no quería verlo, no quería hablar con él, y eso le enfurecía tanto o más que encontrarla charlando tranquilamente con ese bastardo de Ernesto.
El volante crujió bajo sus manos mientras conducía sin rumbo fijo, repasando una y otra vez en su cabeza la escena que acababa de presenciar. Alba en pijama. Ernesto en su sofá. Riendo. Cómodos. Casi…