La idea había estado dando vueltas en su cabeza todo el día, como una pequeña brasa encendida que, a pesar de sus intentos por ignorarla, seguía ardiendo. Cuando finalmente dejó a los niños en sus habitaciones, después de la cena y los cuentos, Alba bajó a la sala y tomó el teléfono.
Marcó el número de Ernesto sin pensarlo demasiado.
—¿Hola? —respondió él con su voz tranquila.
—¿Estás ocupado? —preguntó ella, intentando sonar casual.
—Para ti, nunca —la mujer intentó inútilmente no sonr