Alba no recordaba haber despertado jamás con tanta paz. Mientras acomodaba las sábanas y aspiraba el perfume tenue que Massimo había dejado en la almohada, pensó que los dos últimos días habían sido un espejismo perfecto: desayuno al sol, helado antes del almuerzo, bicicletas bajo los pinos, tertulias de susurros frente a la chimenea.
El retazo de vida que siempre imaginó compartir con él si Lía no se hubiese entrometido, si las mentiras no hubieran envenenado cada poro de su matrimonio. Aun as