La mañana llegó como una herida abierta. Alba se despertó con los ojos inflamados, no por el llanto, porque no había llorado ni una sola lágrima, sino por el nudo que había sostenido toda la noche en la garganta. Apretado, cortante, silencioso.
Miró el reloj. Apenas las siete, preparó el desayuno para los niños como si su mundo no se hubiera desmoronado unas horas antes. Fingió una sonrisa. Escuchó sus risas. Los abrazó fuerte antes de salir al rodaje, con el corazón tan frágil como tiempo atrá