Massimo se despertó tarde esa mañana, desorientado, con la sensación de que el sueño había sido más real que la propia realidad. Había soñado con Alba, claro que sí. En ese sueño, ella le sonreía, con los ojos brillantes, le extendía la mano y le decía que lo perdonaba. Pero justo cuando iba a tocarla, cuando sus dedos estaban a punto de alcanzarla, el sueño se desvanecía como el humo.
Despertar y recordar que todo había sido una invención de su mente lo dejó con una angustia insólita, con una