La risa de Kiara fue lo primero que Alba escuchó aquella tarde. La niña corría tras el cachorro entre los arbustos, descalza y despeinada, mientras Luca y Fabri la animaban con gritos de júbilo. Alba los observaba desde el porche, con una taza de té tibio entre las manos y el alma respirando por fin algo parecido a paz.
La casa nueva era sencilla, blanca por fuera, con ventanales amplios y un porche de madera que crujía bajo sus pies. Al frente, los viñedos se extendían como un mar verde bajo e