Massimo pensaba que estaría preparado. Que había pasado suficiente tiempo como para no dejarse arrastrar otra vez por las emociones cuando se trataba de Alba. Pero no. Bastó ver esa maldita imagen de Ernesto Brunnini acercándose a ella en el set, sonriéndole como si la conociera de toda la vida, como si tuviera derecho, como si ella le perteneciera, para que su pecho se incendiara.
Estaba sofocado. Las llamadas de Lía no ayudaban. Tampoco los mensajes de su representante, que le recordaban una