Massimo apretó la mandíbula con tanta fuerza que dolía. Sentado al borde del escritorio de la suite de hotel, con el móvil aún vibrando sobre la superficie de madera, recordaba las palabras del imbécil de Ernesto Bruninni. Estaba realmente luchando contra las ganas de estrellarlo contra la pared. Él le había dicho en su cara, sin ningún problema, que apenas Alba fuera libre intentaría algo, o peor, que iría trabajando para cuando llegara ese momento.
¡Cómo le decía eso al marido de alguien!
¡Có