El agua ya no caía del techo, pero dentro de Alba todo seguía igual de empapado. Sentada en la pequeña caravana que servía de camerino, sostenía su taza de café entre las manos mientras sus pensamientos giraban como una noria sin freno.
La ropa de recambio era cómoda, su asistente había traído incluso su perfume favorito, pero nada lograba alejar de su cuerpo el cosquilleo que le había dejado ese maldito beso, ese beso de Massimo. La mujer respiró hondo, aún podía sentir el sabor del fuego, el