Quiso reír ante ese pensamiento cuando su teléfono sonó dentro del pequeño bolso que llevaba colgado al hombro por miedo a extraviarlo, pues Roberto le había advertido que la mataría si lo perdía. El número que aparecía en la pantalla era desconocido, pero de todos modos contestó, alejándose del salón de baile para buscar silencio.
—¿Hola? ¿Quién es? ¿Puede oírme?
—¿Kelly?
—¿Allie? ¿Eres tú? —gritó, muy asombrada.
—Sí, cariño. ¡Soy yo!
—¡Voy a llorar, carajo! ¿Dónde estabas? —dijo con los ojos