LXVI A

El chillido de Fiorella los sacó de la nebulosa caliente en la que se encontraban. Kelly abrió los ojos como platos dándose cuenta de lo que estaba haciendo y luchó para liberarse del hombre que parecía negarse a soltarla. Tomaba sus labios con fuerza y la apretaba contra la pared.

—¡Bájame! —pidió cuando logró soltarse de los besos.

—Tu madre pregunta por ti —dijo Fiorella acercándose.

—¡Vete, Fiorella! —se quejó, bajando a Kelly sin dejar de mirarla intensamente—. Ti auguro, piccola (te dese
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