Kelly se atrincheró en su habitación. Necesitaba espacio, silencio y evaporar la saturación de su cabeza.
Estaba sentada en el suelo, cerca de una de las grandes ventanas, apoyada en la pared. Observaba la vista y todo lo que el sol iluminaba esa mañana que comenzaba con amargura. Al menos, aquella naturaleza se veía vívida y rebosante de color.
Aún no se había vestido ni peinado. No tenía deseos de pensar, pero las imágenes que la sorprendieron esa mañana al levantarse no dejaban de asaltarle la mente.
Procuró reprimir el agudo pinchazo del dolor con todas sus fuerzas e intentó dejar sus pensamientos en blanco, pero no podía. Una y otra vez la escena se repetía como una película mal lograda, recordándole que esa iba a ser su normalidad y que le convenía adaptarse para no sentir aquella oscuridad que la acariciaba en ese instante.
Buscaba no dejar mancha en el historial de su prometido. Sin embargo, allí estaban las pruebas de que él era lo que era: un exitoso arrogante que tenía todo