Kelly no tuvo más remedio que desvestirse y quedar en ropa interior si no quería que Roberto siguiera haciendo acotaciones que la sonrojaban de una manera que no podía detener.
—Aleje los miedos y la vergüenza, señorita Mc Bride —le dijo suavemente la modista al verla dudosa—. Tiene juventud y belleza, no tiene porqué avergonzarse. Créame que soy profesional en mi trabajo, no tardaré más de lo necesario.
Se subió a la tarima y siguió las instrucciones amables que Rose Philips le indicaba, mientras ella anotaba en una libreta y hablaba con Roberto sobre unas nuevas telas que había recibido y los encargos que tenía por hacer, añadiendo los pedidos de la señora De Lucca, madre de Valentino, de una de sus amigas y de una vieja clienta.
Kelly miraba las cajas que el hombre abría y dejaba a la vista. Luego procedía a sacar gentilmente las prendas de las interminables bolsas. Muchos colores llegaron a sus ojos a medida que Roberto desplegaba cada prenda y se la enseñaba con mucha ceremonia