—Gracias, Roberto. Sé que cambiará pronto de opinión.
—No te preocupes por ello. Todo esto es para que usen como y cuando quieran —aseguró el hombre con una gran sonrisa—. Ven, niña. Es tu turno. Lo que vas a ver es la habitación digna de una diosa como tú y para que lo compartas con ese hombre tan ardiente.
—Killian puede oírte, Roberto. Y ya te dije que esto es temporal, nada de lo que piensas va a suceder.
Roberto estiró el cuello para asegurarse que Killian seguía tan atrapado en observar cada rincón sin poner atención a las palabras de los mayores.
—Muñeca, cuando estés sin nada en cualquier parte de ese cuarto, te acordarás de mis palabras —dijo asintiendo para continuar en susurros—. Ese hombre te comerá viva si es que ya no lo ha hecho.
Kelly no hizo más que sonrojarse ante las palabras tan expresivas de Roberto, que al verla soltó una carcajada que retumbó por todo el pasillo, haciendo aún más grande su vergüenza. Dijera lo que dijera, no iba a convencerlo de que nada más suc