Al día siguiente, Samyra despertó con una calma extraña, distinta a la ansiedad que la había acompañado durante meses.
No era paz completa, pero sí una especie de claridad nueva, como si por fin hubiera dejado de moverse a ciegas.
Sobre su escritorio estaban los apuntes del profesor Duncan, cuidadosamente organizados.
Había pasado horas estudiando la guía la noche anterior, revisando cada anotación, cada detalle del examen que se acercaba.
Aquello era su ancla. Su forma de no perderse en medio